Herois de novel·la representants del nostre temps

Dones entre l’emancipació, l’adulteri i la prostitució. La qüestió del gènere. Flaubert, Madame Bovary

Anna Karènina, entre l’emancipació i l’adulteri

(Un resum de la trama d'Anna Karènina de Tolstoi)

No es mi costumbre hablar de argumentos, pero en el caso de Ana Karénina voy a hacer una excepción porque el suyo es esencialmente un argumento moral, una maraña de tentáculos éticos, y es preciso explorarla antes para poder disfrutar de la novela en un nivel más alto que el argumental.

Ana, una de las heroínas más atractivas de la narrativa de todos los países, es una mujer joven, hermosa y básicamente buena, y es una mujer básicamente condenada. Casada a edad muy temprana, por decisión de una tía bienintencionada, con un funcionario prometedor que tenía ante sí una espléndida carrera administrativa, Ana lleva una existencia satisfecha dentro del círculo más deslumbrante de la sociedad de San Petersburgo. Adora a su hijito, respeta a su marido, que le lleva veinte años, y ayudada por un carácter animoso y optimista, goza de todos los placeres superficiales que la vida le ofrece.

En un viaje a Moscú conoce a Vronski, y se enamora locamente de él. Ese amor transforma cuanto la rodea, todo lo que mira lo ve entonces bajo una luz distinta. Hay esa famosa escena en la estación de ferrocarril de San Petersburgo, cuando Karenin acude a recibirla a su regreso de Moscú, y ella, de repente se fija en el tamaño de sus orejas, enormes y domésticas. Nunca hasta entonces se había fijado en esas orejas porque nunca le había mirado con ojos críticos; había sido para ella una de las cosas aceptadas de la vida, incluidas en su propia vida aceptada. Ahora todo ha cambiado. Su pasión por Vronski es un chorro de blanca luz bajo el cual lo que antes era su mundo parece un paisaje muerto de un planeta muerto.

Ana no es sólo una mujer, no es sólo un espléndido ejemplar de femineidad; es una mujer que posee un carácter moral pleno, compacto, importante: todo cuanto rodea ese carácter es significativo y notable, y esto vale también para su amor. No es posible reducirlo, como hace otro personaje de la obra, la princesa Betsy, a un idilio clandestino. La naturaleza veraz y apasionada de Ana hace imposible el disimulo y el secreto. Ella no es Emma Bovary, una provinciana soñadora, una zorra lírica que va arrastrándose al amparo de tapias ruinosas hasta el lecho de su amante de turno. Ana le entrega a Vronski su vida entera, consiente en separarse de su adorado hijo, a pesar de las agonías que le cuesta no verle, y se va a vivir con Vronski primero a Italia, y después a la propiedad que él tiene en Rusia central, aunque esta aventura «pública» la deje marcada como mujer inmoral a los ojos de su inmoral círculo. (En cierto modo se puede decir que Ana pone en acción el sueño de Emma de huir con Rodolphe, pero Emma no hubiera experimentado ningún desgarro por separarse de su hija, ni había tampoco complicaciones morales en el caso de esta señora.) Por fin, Ana y Vronski vuelven a la ciudad. Ella escandaliza a la sociedad hipócrita no tanto por su relación amorosa cuanto por su famoso desafío a los convencionalismos sociales.

Mientras sobre Ana caen todas las iras de la sociedad, sufre desaires, desprecios e insultos, a Vronski, como es un hombre –un hombre no muy profundo, no un hombre de talento ni mucho menos, sino, digamos, un hombre de mundo-, a Vronski no le alcanza el escándalo, le invitan, va aquí y allá, se reúne con sus antiguos amigos, es presentado a señoras aparentemente decentes que no permanecerían ni un segundo en la misma habitación que la deshonrada Ana. Él la sigue queriendo, pero a veces le agrada verse de nuevo en el mundo de los deportes y de la moda, y de tanto en tanto comienza a servirse de sus oportunidades. Ana interpreta lo que no eran más que infidelidades triviales como un enfriamiento radical de su amor. Siente que a Vronski ya no le basta con su cariño, que quizá le esté perdiendo. Vronski, que es persona poco sutil, de inteligencia mediana, se impacienta ante esos celos, y con ello parece corroborar las sospechas de ella. Ana, llevada a la desesperación por esos lodazales en donde su pasión ha encallado, una tarde de domingo del mes de mayo se arroja al paso de un tren de mercancías. Vronski se da cuenta demasiado tarde de lo que ha perdido. Muy oportunamente para él y para Tolstoi, se está gestando la guerra con Turquía –estamos en 1876-, y Vronski parte para el frente con un batallón de voluntarios. Probablemente sea éste el único truco deshonesto de la novela, deshonesto por demasiado fácil, demasiado traído por los pelos.

Vladimir Nabokov, Curso de literatura rusa, Ediciones B, Barcelona, 1997 (1981)

Darrera actualització de dijous, 9 de febrer de 2012 10:36