Herois de novel·la representants del nostre temps

Dones entre l’emancipació, l’adulteri i la prostitució. La qüestió del gènere. Flaubert, Madame Bovary

La dona lectora amenaça l'estabilitat familiar

Aunque las mujeres no eran las únicas que leían novelas, se las consideraba el principal objetivo de la ficción popular y romántica. La feminización del público lector de novelas parecía confirmar los prejuicios imperantes sobre el papel de la mujer y su inteligencia. Se creía que gustaban de la novela porque se las veía como seres dotados de gran imaginación, de limitada capacidad intelectual, frívolos y emocionales. La novela era la antítesis de la literatura práctica e instructiva. Exigía poco, y su único propósito era entretener a los jóvenes ociosos. Y, sobre todo, la novela pertenecía al ámbito de la imaginación. Los periódicos, que informaban sobre los acontecimientos públicos, constituían por lo general una reserva masculina; las novelas, que solían tratar de la vida interior, formaban parte de la esfera privada a que se relegó a las burguesas del siglo XIX.

Esto suponía una amenza para el marido y el padre de familia burgués del siglo XIX: la novela podía excitar las pasiones y exaltar la imaginación femenina. Podía fomentar ciertas ilusiones románticas poco razonables y sugerir veleidades eróticas que hacían peligrar la castidad y el orden de los hogares. Por ello, la novela del siglo XIX se asoció con las cualidades (supuestamente) femeninas de la irracionalidad y la vulnerabilidad emocional. No fue casual que el adulterio femenino se convirtiera en el argumento arquetípico que simbolizaba la transgresión social, argumento que encontramos en novelas qye van desde Emma Bovary a Anna Karenina, pasando por Effi Briest. La amenaza que entrañaban las obras de ficción para una muchacha sensible es descrita en términos altamente emotivos por una lectora que más tarde llegó a «redimirse» de sus errores. Charlotte Elizabeth Browne, hija de un clérigo de Norwich, apenas contaba siete años cuando El mercader de Venecia cayó casualmente en sus manos. «Me bebí una gran copa intoxicada que trastornó mi mente durante varios años», escribe en 1841, «me deleité con la terrible excitación que produjo en mí; cada una de sus páginas quedó impresa con una retentiva prodigiosa, sin esfuerzo alguno, y durante una noche entera en vela me recreé con los perniciosos dulces que introdujo en mi cerebro...La realidad me parecía insípida, casi odiosa; cualquier conversación que no fuera la de los hombres de letras...un pesado fardo; comencé a sentir el desprecio más absoluto por las mujeres, los niños y los asuntos domésticos, atrincherándome detrás de una barrera invisible. ¡Oh, cuántas horas desperdiciadas, cuánto trabajo sin provecho, cuánto mal infligido a mis pares debo agradecer a libro tan tramposo! Mi mente se acobardó, mi juicio se pervirtió, mi opinión de las cosas y las gentes se torció...Los padres no saben lo que hacen cuando, por vanidad, inconsciencia o exceso de indulgencia, fomentan en una muchacha lo que se ha dado en llamar el gusto poético».

Martyn Lyons, «Los nuevos lectores del siglo XIX: mujeres, niños, obreros», en Guglielmo Cavallo, Roger Chartier, dirs., Historia de la lectura en el mundo occidental, Taurus, Madrid, 1998 (1997), pp. 483-484

Darrera actualització de dijous, 9 de febrer de 2012 10:36