Herois de novel·la representants del nostre temps

Dones entre l’emancipació, l’adulteri i la prostitució. La qüestió del gènere. Flaubert, Madame Bovary

La lucidesa final d’Anna Karènina

(Amb una tècnica perspectivista complexíssima i molt cinematográfica, el narrador reflecteix els darrers moments de la vida d’Anna Karénina)

El ruido, el transporte de equipajes, los gritos, las risas que siguieron a la segunda campanada, incomodaron a Anna de tal modo que le entraron deseos de taparse los oídos. ¿Qué motivos había para aquellas risas? Por fin, sonó la tercera campanada, luego el toque de silbato del jefe de estación, al que respondió el de la locomotora, arrancó el tren y el caballero hizo la señal de la cruz.

«Tengo curiosidad por saber qué significación atribuye a ese gesto», se preguntó Anna, dirigiéndole una mirada malévola, que trasladó, sobre la cabeza de la señora, a las personas que habían acudido a acompañar a los viajeros y que ahora parecían retroceder en el andén. El vagón avanzaba lentamente traqueteando a intervalos regulares al pasar sobre las junturas de los rieles. Dejó atrás el andén, una pared, un disco, una hilera de vagones de otro convoy...Se aceleró el movimiento. Los rayos del sol poniente tiñeron de púrpura la portezuela. Una brisa juguetona agitó las cortinas. Mecida por la marcha del tren, Anna olvidó a los compañeros de viaje, respiró el aire fresco y reanudó el curso de sus reflexiones.

«¿En qué estaba pensando? En que mi vida, como quiera que me la represente, no puede ser más que dolor. Todos estamos llamados a sufrir, lo sabemos y queremos dismularlo de una manera o de otra. Pero cuando vemos la verdad, ¿qué hacer?»

-La razón se ha dado al hombre para librarse del tedio –dijo la señora en francés, muy orgullosa de haber encontrado esa frase.

Sus palabras parecieron hallar eco en el pensamiento de Anna. «¡Librarse del tedio!» -repitió ésta, mentalmente.

Una ojeada lanzada sobre aquel caballero, subido de color, y su cara y escuálida mitad, le hizo comprender que esta debía considerarse como una criatura incomprendida: su marido, que sin duda la engañaba, no se tomaba la molestia de combatir aquella opinión. Anna creía adivinar todos los detalles de su historia, penetraba hasta los lugares más recónditos de sus corazones, pero aquello carecía de interés y se puso otra vez a reflexionar.

«Pues sí, yo también estoy sufriendo gravemente del tedio, y puesto que lo exige la razón, mi deber es librarme de él. ¿Por qué no apagar la luz cuando no hay nada que ver, cuando el espectáculo resulta odioso...? Pero ese empleado, ¿por qué corre por el estribo? ¿qué necesidad tienen esos jóvenes del compartimiento vecino, de gritar y de reír? ¡Si todo son males e injusticias, mentira y fraude...!»

Al descender del tren, Anna, evitando el contacto de los otros viajeros como si fuesen apestados, quedóse rezagada en el andén para preguntarse qué debía hacer. Todo le parecía ahora de una ejecución difícil. En medio de aquella ruidosa muchedumbre, coordinaba mal sus ideas. Los maleteros le ofrecían sus servicios, los jóvenes mequetrefes la atravesaban con sus miradas, hablando en voz alta y haciendo sonar sus tacones.

Recordando de pronto su propósito de continuar la ruta, si no encontraba respuesta en la estación, preguntó a un empleado si no había visto, por casualidad, algún cochero que llevase una carta al conde Vronski.

-¿Vronski? Hace poco han venido de su casa a recoger a la princesa Sorokina y su hija. ¿Qué aspecto tiene ese cochero?

En aquel momento vio Anna adelantarse a su mensajero, el cochero Mijaíl: colorado, alegre, con su hermoso uniforme azul atravesado por una cadena de reloj, parecía orgulloso de la misión que había cumplido. Entregó a su señora un sobre que ésta abrió, con el corazón angustiado.

Vronski escribía con mano negligente:

Lo siento mucho, pero su nota no me encontró en Moscú. Volveré a las diez.

-Lo que me esperaba- comentó ella, con sonrisa sardónica. Con voz apenas perceptible, porque las palpitaciones de su corazón no la dejaban respirar, se dirigió a Mijaíl:

-Gracias, ya puedes volver.

Sumida de nuevo en sus pensamientos, prosiguió:

«¡No, ya no te permitiré que me hagas sufrir así!»

Esta amenaza no se la dirigía a sí misma, sino al causante de su tortura. Se puso a pasear a lo largo del andén. Dos mujeres que también deambulaban para matar el tiempo se volvieron para examinar su atuendo.

-Son de verdad –dijo una de ellas en voz alta, indicando los encajes de Anna.

Los jóvenes lechuguinos la divisaron de nuevo, y con voz afectada cambiaron ruidosas impresiones. El jefe de estación le preguntó si subía otra vez al tren. Un muchacho vendedor ambulante de «kvas» no apartaba los ojos de ella.

«¿Dónde huir, Dios mío?», se decía sin dejar de andar.

Casi al final del andén, unas señoras y unos niños charlaban riendo con un señor de gafas que habían venido a recibir. Al aproximarse Anna, el grupo se calló para contemplarla. Apresuró el paso y se detuvo junto a la escalera que de la bomba descendía a los rieles. Se acercaba un tren de mercancías que hacía retemblar en andén. Se creyó de nuevo dentro de un tren en marcha.

Lev Tolstoi, Anna Karénina, trad. L.Sureda y A. Santiago, rev. corr. Manuel Gisbert, Cátedra, Madrid, 1986, Séptima parte, cap. XXXI, pp.936-938

Darrera actualització de dijous, 9 de febrer de 2012 10:36